El Partido-Estado de los Castro
ROBERTO ÁLVAREZ QUIÑONES | Los Ángeles | 14 Abr 2016 - 9:17 am.
La frase más gráfica para hacer una definición a grandes rasgos del
Partido Comunista de Cuba (PCC), que en los próximos días efectuará su
VII Congreso, es la muy célebre del rey Luis XIV de Francia: "L'Etat,
c'est moi" ("El Estado soy yo").
Eso es el PCC, un Partido-Estado. En Mesopotamia y en la Grecia clásica
hace milenios hubo ciudades-Estado, como Babilonia y Atenas. Hoy las hay
en el Vaticano o en Mónaco, pero lo nuevo es que hay también
partidos-Estados. Sin embargo, esto ha sido tan poco estudiado que nadie
habla de ello en ninguna parte.
Y es que ningún partido comunista en el poder es realmente un partido
político. Lo es únicamente si está en la oposición en naciones con
sistemas democráticos. Se aprovecha entonces del "parlamentarismo
idiota", como llamaba Karl Marx al pluralismo partidista, hace política,
trabajo electoral, y lleva diputados al Parlamento con todas las de la
ley.
Pero los partidos comunistas no juegan limpio. Si alcanzan el poder
—casi siempre por la fuerza y no mediante el sufragio universal—, lo
primero que hacen es suprimir a todos los partidos políticos, excepto
el comunista, e instaurar una autocracia similar a las monarquías
absolutas de Europa antes de la Revolución Francesa. Automáticamente
dejan de ser un partido político y suplantan al Estado en todas sus
funciones.
Fue Nicolás Maquiavelo, en su obra El Príncipe (1513), quien primero
empleó la palabra Estado en su sentido moderno. Fue su primer teórico y
lo llamó Stato, derivado del latín status. Hoy el concepto de Estado más
aceptado es el de un conjunto de instituciones que poseen la autoridad y
potestad para establecer las normas que regulan una sociedad.
Eso es precisamente un partido comunista. Se autoproclama poseedor de la
verdad absoluta —que Marx aseguraba no existe—, asume todos los poderes
públicos, suprime la propiedad privada, se hace cargo de toda la
economía nacional, las fuerzas armadas, los medios de comunicación, la
educación, la salud, la cultura, y hasta de la vida privada de los
ciudadanos.
Veamos al PCC. Creado por Fidel Castro en 1965 a su imagen y semejanza,
es un gigantesco aparato estatal-administrativo-ideológico-paramilitar,
de carácter represivo, cuya misión es mantener la "lealtad
revolucionaria" del pueblo mediante el control social férreo, la
intimidación —velada o explícita contra militantes y no militantes—, el
bombardeo constante de propaganda político-ideológica, y la supresión de
derechos ciudadanos básicos.
Más lejos que el fascismo
Al prohibir la empresa privada, los partidos comunistas en el poder va
más lejos que el fascismo. Los regímenes encabezados por Mussolini,
Hitler, Franco y Oliveira Salazar supeditaron la economía nacional a los
intereses del igualmente partido-Estado fascista, pero no abolieron el
sector privado.
Si algo revela claramente la condición de aparato estatal de un partido
comunista en el poder es que sus militantes no se dan cita en locales
regionales, provinciales o nacionales para debatir ideas nuevas y tomar
acuerdos como hacen los partidos políticos en el mundo "normal", sino en
cada centro laboral.
En Cuba los militantes del PCC se reúnen en cada fábrica, empresa,
escuela, comercio, hospital, unidad militar, teatro, obra en
construcción, medio de comunicación, etc. Hay un "núcleo del Partido" en
cada centro de trabajo, donde reciben instrucciones de meter miedo,
controlar y administrarlo todo.
Es como si hubiese comités del Partido Demócrata —ahora en el gobierno—
en cada fábrica y compañía de EEUU, con órdenes de la Casa Blanca de
supervisar a cada ejecutivo empresarial y decirle cómo debe hacer su
trabajo. O que el Partido Popular en España hiciese lo mismo en cada
centro laboral de ese país.
Por otra parte, el PCC viola el principio leninista del "centralismo
democrático", según el cual la minoría debe acatar y cumplir las
decisiones tomadas por la mayoría de los militantes. En Cuba, y en todo
país comunista es exactamente al revés, la mayoría tiene que acatar sin
chistar lo que deciden el dictador y un selecto grupo de "iluminados".
Baste saber que con vistas al VII Congreso del PCC la máxima dirigencia
partidista no se dignó, no ya a consultar, sino ni siquiera a informar a
la militancia de base los puntos a tratar y los documentos a examinar en
el evento.
Todos los jefes comunistas en el poder son caudillos autócratas, muchos
de ellos con tanto poder personal como el que tuvieron Calígula o Iván
el Terrible. Recordemos a cinco de los más conspicuos: Iósif Stalin,
Mao Tse Tung, Kim Il Sung, Fidel Castro y Pol Pot. Fueron deidades
terrenales que agravaron la inviabilidad sistémica del modelo comunista,
pues hicieron correr ríos de sangre e hicieron sufrir trágicamente a sus
pueblos.
En el caso de Cuba, los caprichos de Fidel Castro en sus 52 años como
jefe del PCC y dictador constituyen un récord mundial de disparates,
idioteces y desatinos que hundieron aún más a los cubanos en una
profunda pobreza, en un país que tenía un nivel de vida superior a
algunos países europeos antes de 1959. Y a eso agreguemos los crímenes
y violaciones de los derechos humanos.
Lo paradójico aquí es que si bien la cúpula partidista castrista es muy
poderosa, la masa de militantes de base no lo es. Esta no tiene ni la
capacidad ni las vías para cuestionar lo que con fuerza de dogma baja de
las instancias superiores para controlar y amenazar a los militantes y
que no se salgan del plato. El dictador y su equipo saben que los
militantes de a pie ya no creen en cuentos de camino y que les causa
risa aquello de que "el futuro pertenece por entero al socialismo".
Quemarían el carnet
Por miedo, que conduce a la hipocresía social (la "doble moral"), los
militantes del PCC no lo dicen en sus núcleos, pero la inmensa mayoría
de ellos (son en total unos 720.000) ya ni se perciben a sí mismos como
marxistas. Casi todos comentan con sus familias —en privado— la
necesidad de reformas profundas de mercado, de liberar de una vez las
fuerzas productivas y de captar inversiones extranjeras en grande.
Pero el Partido-Estado castrista controla todos los estamentos de la
sociedad cubana. Los jefes de departamento y de sección en el aparato
burocrático del Comité Central son quienes dirigen a los ministros y a
todos los directores de organismos centrales. La política exterior no se
traza en el Ministerio de Relaciones Exteriores, sino en el Departamento
de Relaciones Internacionales del Comité Central. Y así ocurre con todas
las ramas del Gobierno.
Si se le pregunta a cualquier ciudadano de a pie el nombre del
presidente de la Asamblea Provincial del Poder Popular (equivalente a
gobernador), lo más seguro es que no lo sepa. Pero si le preguntan el
nombre del primer secretario del PCC en la provincia, o el municipio,
le dirá el nombre completo al instante. Ese es el que manda en el
territorio.
No obstante el férreo control, lo cierto es que la base del PCC está
cada vez más erosionada por la crisis terminal del sistema, y va
convirtiéndose en un cascarón hueco que eventualmente podría desaparecer
sin dejar rastro. De haber cambios radicales en Cuba, la mayoría
abrumadora de los militantes botarían o quemarían sus carnets sin
problema alguno.
Pero con los hermanos Castro al frente, el colosal poder
militar-represivo y la cúpula partidista-estatal están fundidos
institucionalmente. Por eso no cabe esperar del VII Congreso cambios
sustanciales para mejorar la vida de los cubanos.
Source: El Partido-Estado de los Castro | Diario de Cuba -
http://www.diariodecuba.com/cuba/1460557308_21642.html
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