Los nuevos monstruos y el papa Francisco
FABIO RAFAEL FIALLO | Ginebra | 11 Oct 2015 - 4:51 am.
¿Por qué el Papa dijo en EEUU lo que calló en Cuba?
La presidenta de Argentina, Cristina Fernández, y el Papa Francisco.
Con la vivacidad intelectual y la chispa de ironía que caracterizaba al
cine italiano de las primeras décadas de la posguerra, un trío de
grandes cineastas (Mario Monicelli, Dino Risi y Ettore Scola) produjeron
en 1977 un filme titulado Los nuevos monstruos, que se convirtió en todo
un éxito de taquilla. A través de una docena de sketches, el filme ponía
al desnudo la hipocresía y la indolencia de la sociedad italiana de ese
entonces, en particular de sus intelectuales y de un clero tan
influyente como omnipresente.
La carga contra el clero fue quizás la más mordaz. Uno de los sketches
describía los tejemanejes de un cura hipócrita que sabía manipular muy
bien los sentimientos de sus feligreses. Cuando su prestigio y
reputación estaban a punto de desmoronarse, el hábil sacerdote utilizó
la misa dominical para pronunciar un sermón conmovedor y organizar una
procesión del Santísimo Sacramento, con monaguillos esparciendo
incienso, mientras el coro entonaba el Tantum ergo, cautivador canto en
latín.
Los feligreses se arrodillaron al paso del Santísimo, haciendo
ensimismados el signo de la cruz. Ante tanta belleza, a muchos les
brotaban lágrimas de los ojos, ignorando o subestimando de paso las
bajezas del prelado. El cura logró de esa manera salirse con las suyas.
A semejanza de la Italia de aquel filme, la América Latina de hoy ha
engendrado sus propios nuevos monstruos. Los mismos pululan en el ámbito
de la política. Son nuevos, porque ya no se trata de dictadores
militares con manos manchadas de sangre, como Trujillo, Somoza o Perón,
y luego Videla y Pinochet, ni de prelados católicos que apoyaban a los
mismos. Pero no por abstenerse de llegar hasta el asesinato de
opositores, los monstruos de hoy dejan de merecer la execración.
Esos siniestros personajes de nuestro tiempo no son otros que los
paladines de la izquierda radical latinoamericana, fidelistas de pura
cepa: Hugo Chávez Frías, Daniel Ortega, Néstor y Cristina Kirchner, Evo
Morales, Rafael Correa, y en su versión cantinflesca, Nicolás Maduro,
payaso errático y sin fulgor.
Los mismos no han tenido reparo alguno en deformar, hasta prostituir,
principios y valores éticos por los que tantos latinoamericanos se
batieron e incluso dieron su vida. Justicia social, soberanía nacional,
libertad de expresión y de asociación, son principios que esgrimieron
para alcanzar el poder; y una vez logrado su objetivo, hacen añicos de
esos valores enraizados en la gesta histórica de nuestros países.
Al igual que para los dictadores militares que la izquierda tanto
combatió, el continuismo se ha convertido en el objetivo prioritario y
final de los nuevos esperpentos de la política latinoamericana.
Esa cofradía moralmente carcomida tiene un ídolo que venera como un
dios. Se llama Fidel Castro, eslabón viviente entre los déspotas de ayer
y los gobernantes arbitrarios de hoy.
Invocando el principio de no injerencia en los asuntos internos de un
país, los epígonos del castrismo han logrado usurpar la justicia,
asediar la prensa, hostigar y encarcelar la oposición, y amañar
elecciones, sin que los gobiernos e instituciones regionales se dignen a
mover un solo dedo para exigir el respeto del derecho internacional en
la materia.
Entre los cómplices preclaros de esos monstruos con poder, cabe
mencionar a José Insulza, exsecretario de la OEA, y Dilma Rousseff,
actual presidenta de Brasil. Después de haber sufrido, el primero la
persecución, la segunda las torturas, de dictaduras militares que
crearon la desolación en sus países respectivos, estos personajes han
hecho la vista gorda con el sufrimiento de los prisioneros políticos que
hoy yacen en prisiones de Cuba y Venezuela.
Los nuevos monstruos cuentan igualmente en sus filas con altos prelados
de la catolicidad. Ayer, miembros del clero apoyaban al franquismo,
defendiéndolo y oponiéndolo al liberalismo en nombre de la doctrina
social de la iglesia formulada, entre otros textos, en la encíclica
Quadragesimo Anno del Papa Pío XI. Hoy es el cardenal Jaime Ortega,
quien, por razones que algún día conoceremos, no escatima esfuerzo para
callar, ocultar o minimizar los crímenes del castrismo.
Y para que no falte nada en el tétrico espectáculo, el papa Francisco en
persona ha observado un silencio ensordecedor y una condescendencia
sorprendente ante un castrismo cuya crueldad no tiene nada que envidiar
a la del tristemente famoso Augusto Pinochet.
Después de haber afirmado que ni se enteró de los arrestos y vejámenes
cometidos contra disidentes que trataron de acercársele para hablarle de
derechos humanos durante su reciente visita a Cuba, ¿con qué cara podría
el Papa Francisco criticar a Poncio Pilatos por haberse lavado las manos
ante el martirio de Jesús?
¿Por qué el papa Francisco sí pudo, durante su estadía en Estados
Unidos, abogar por la abolición de la pena de muerte, condenar el
comercio de armas, criticar las prisiones de aquel país y defender a los
indocumentados, pero no dijo esta boca es mía ante las violaciones
sistemáticas de los derechos humanos en Cuba, y ni siquiera se dignó a
recibir a un solo disidente, o a abogar por la liberación de los presos
políticos, durante su placentera estancia en la isla de los Castro?
¿Cómo explicar ese doble rasero, sin atribuirlo al hecho de que en
Estados Unidos formular críticas severas no genera ningún riesgo,
mientras que en Cuba cualquier frase controversial puede crear percances
inauditos?
Hay que reconocer que en materia de complicidades papales, no hay nada
nuevo bajo el sol. ¿Acaso Pío XI —el mismo que promulgó la encíclica
Quadragesimo Anno sobre la doctrina social de la Iglesia— no se rebajó a
bendecir las tropas de Mussolini que partían a Abisinia (antigua
Etiopía) a matar africanos cuyas solas armas eran lanzas y escudos? Hoy,
les toca a los disidentes cubanos, cuyas únicas armas son la palabra y
el arrojo, soportar indefensos la indiferencia papal.
A pesar de todo, con o sin la ayuda del Papa, el día llegará en que los
cubanos logren romper las cadenas que los estrangulan desde hace ya más
de medio siglo. Y ese día, téngalo por seguro, amigo lector, el ocupante
del trono de San Pedro, en un intento de redimirse y congraciarse con
los feligreses de la Isla, expresará, al fin, su adhesión a la causa y
las aspiraciones de la disidencia cubana que durante su estancia
Francisco menospreció.
En ese momento, la Cuba inmortal, la de José Martí y Antonio Maceo, de
Huber Matos, Orlando Zapata y Oswaldo Payá, la de las Damas de Blanco,
de los plantados y de los miles de caídos bajo las balas criminales de
los Castro y del Che, la Cuba eterna de los vilipendiados "gusanos" y
otras víctimas del asesinato de reputaciones perpetrado por la
propaganda castrista, esa Cuba de ayer, de hoy y de siempre, podrá
enrostrar a las autoridades eclesiásticas de turno: ¿cómo habláis hoy de
derechos humanos, cuando durante los largos años en que más lo
necesitábamos, no osasteis reclamar desde el púlpito la tan anhelada
libertad?
Source: Los nuevos monstruos y el papa Francisco | Diario de Cuba -
http://www.diariodecuba.com/internacional/1444172722_17356.html
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