Wednesday, April 22, 2015

Visa o muerte, ¿viajaremos?

Visa o muerte, ¿viajaremos?
Algunos se santiguan, otros no pueden ocultar el nerviosismo. Todos
buscan recomponer sus vidas
miércoles, abril 22, 2015 | Ernesto Pérez Chang

LA HABANA, Cuba. –Son las 7:00 de la mañana en La Habana. La ciudad
pareciera estar en calma pero en el parque de Calzada y K, frente a la
antigua Funeraria Rivero, hay una multitud de personas aguardando.
Algunas pasaron allí la madrugada porque vinieron de muy lejos, hay
quienes terminan de pegar sus fotos en las planillas que deben entregar,
otros terminan rituales para atraer la suerte o pagan por consejos de
expertos. Hay cientos de negocios particulares para asistir a las
personas con los formularios, incluso para dar instrucciones sobre cómo
comportarse una vez estando cara a cara con quien tomará la decisión final.

Un señor, custodiado por policías, se sube a una pequeña escalera de
metal. Se dispone a "cantar" números. No es precisamente una lotería
pero lo pareciera por las expresiones de ansiedad de las personas que
escuchan. Es algo mucho más serio, definitorio tal vez. Los números y
los nombres son para ordenar las inmensas filas de los que ese día se
someterán a la entrevista en la Oficina de Intereses de los Estados
Unidos con el fin de calificar para una visa. Un asunto que, como
alguien me dijera, es casi como obtener un doctorado. O mucho peor,
porque pareciera un proceso aleatorio donde puede más la suerte que los
requisitos.

Observar lo que sucede en Calzada y K todas las mañanas, de lunes a
viernes, escuchar lo que las personas hablan, las angustias de quienes
esperan en las filas y de los otros que aguardan sentados en un banco
del parque o en el borde de una acera, las expectativas sobre el viaje,
los planes de reencuentro con familiares y amigos pueden dar una idea de
las verdaderas aspiraciones de un pueblo que ha sido víctima del
encierro, de la falta de libertades, durante largos años.

Como me dijera alguien, si sumáramos las multitudes que día por día
colman los alrededores del lugar alcanzaríamos, o superaríamos, una
cifra de personas muy similar a la de aquellos que marchan por la plaza
gritando consignas. Tal vez son los mismos desempeñando roles políticos
según las circunstancias.

"Más que una cola para la entrevista parece que fueran a solicitar una
rebaja de condena o la libertad condicional. Mira esas caras", me dice
alguien que también espera a que "canten" su número. Nadie quiere estar
entre los últimos en la fila. Ni siquiera más allá del centenar porque
se comenta que sólo los primeros tienen suerte.

"Hay que cogerlos fresquecitos porque cuando llega el mediodía y tienen
hambre o sueño, comienzan a batear gente", me dice una señora de unos 70
años que ya tiene la experiencia de varios rechazos. "Un dineral me he
gastado en trámites todos estos años pero yo insisto. Al final, no sé
cuánto tiempo de vida me queda y quiero ver a mis nietos", agrega esta
mujer que, a pesar de su largo "entrenamiento", continúa poniéndose muy
nerviosa durante las entrevistas.

En la multitud de los que esperan, hay varias personas mayores. Muchas
de ellas hace años que solo ven a los hijos por fotografías o saben de
ellos por correos, según logro escuchar en las conversaciones que poco a
poco transitan hacia el silencio más absoluto, sobre todo cuando la fila
atraviesa el portón de la sede diplomática.

Algunos se santiguan, otros no pueden ocultar el nerviosismo. Si los
funcionarios o los agentes de seguridad les piden un documento o les
ordenan algo en favor de la disciplina interna, reaccionan con
exageración, con torpeza. No es obediencia a la autoridad sino una forma
de sometimiento que tal vez proviene de tantos años bajo un sistema de
recompensa-castigo por nuestras acciones. A algunos les tiemblan las
manos cuando les toman las huellas dactilares y al responder a las
preguntas es frecuente escuchar tartamudeos, voces entrecortadas,
susurrantes. Después de la negativa suele haber lágrimas, súplicas.
Entendamos que para muchos no se trata de calificar para un viaje, sino
de obtener una carta de libertad o al menos una licencia temporal. Se
trata de recomponer sus vidas, realizar sueños largamente postergados.

Cuando he hablado con amigos que se marcharon de Cuba definitivamente,
muchos me han confesado que, aunque han pasado los años, aun sienten
miedo cuando regresan. A veces tienen la sensación de que algo impedirá
que logren salir nuevamente. Viven el terror de quedarse encerrados y
solo sienten alivio cuando el avión aterriza en otro lugar, cualquiera
que no sea territorio cubano.

A la salida de la Oficina de Intereses uno comprueba estos sentimientos.
Quienes calificaron se abrazan, se felicitan, incluso lloran. Los
rechazados muestran su desconsuelo. "Es como si me hubieran tirado un
cubo de agua fría. Ya yo me veía lejos de esta mierda", me dice un señor
de unos 60 años que ni siquiera comprende por qué no calificó: "Me
dijeron que no calificaba y nada más. Me dieron este papel que ni
entiendo qué dice pero por lo que veo es como un año más de prisión".

Quienes esperan su turno en la fila para entrar, están al tanto de los
rechazados. Calculan sus probabilidades de éxito o de fracaso. Algunos
preguntan si ese día trabaja determinada funcionaria que tiene fama de
intransigente, otros esperan caer en la ventanilla de alguno más
flexible. Pareciera que se alistan para un trámite de vida o muerte, o
¿será que, tratándose de Cuba y de su futuro tan incierto, toda gestión
para una garantía de escape es así de extrema?

Source: Visa o muerte, ¿viajaremos? | Cubanet -
http://www.cubanet.org/destacados/visa-o-muerte-viajaremos/

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