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Monday, April 11, 2011

Hoy, como ayer

Hoy, como ayer
Monday, April 11, 2011 | Por Miguel Iturria Savón

LA HABANA, Cuba, abril (www.cubanet.org) – Cuentan que Benny Moré, antes
de ser "el bárbaro del ritmo de la música cubana", pasaba el sombrero en
los bares de la Avenida del Puerto de La Habana, donde cantaba con su
guitarra por un plato de comida y tres rones. En uno de esos bares lo
descubrió el célebre Miguel Matamoros, quien necesitaba otra voz que
alternara con la suya. Lo demás es historia conocida: Benny demostró su
talento en México, New York y luego en los estudios de grabación y los
cabarets de Cuba.

La historia se repite en nuestra isla y en países del continente. A
fines de los noventa saltó a la fama Polo Montañés, el Guajiro natural
de Pinar del Río, descubierto por un productor extranjero en un centro
recreativo de esa provincia. Polo triunfó primero en Colombia, y luego
en La Habana.

Décadas después de aquel sombrero del "Bárbaro del ritmo", músicos
talentosos dependen de las monedas de los turistas que entran en los
bares, restaurantes y hoteles de la Avenida del Puerto, Prado, Obispo y
otras calles de La Habana, donde sorprenden al interpretar sones y
guarachas para los comensales.

Los turistas no son espléndidos, pues las ofertas son carísimas, y
suponen que incluye los ritmos criollos, las descargas de jazz y las
canciones del pentagrama universal tocadas con sabor local por las
pequeñas agrupaciones. Quizás por eso no entienden por qué uno de los
músicos pasa el sombrero e intenta venderles un disco al terminar cada
tanda.

Si conversaran con los artistas sabrían que, a pesar de su nivel
profesional y después de tocar diez o doce horas al día, sólo llevan a
casa lo recolectado con el sombrero o el güiro; pues de su salario en
moneda nacional no hablan por vergüenza.

Los ingresos percibidos por cantantes e instrumentistas equivalen a 160
cuc al mes para la agrupación. De esa cifra, el 50 % corresponde a la
empresa que los representa, el 10% a la oficina tributaria (ONAT) y el
resto lo reparten entre ellos, casi ocho dólares al mes.

A los músicos les pagan por cuatro u ocho día, a pesar de actuar 15 o
30. Les corresponde, además, procurarse los instrumentos, el sonido, el
transporte, la promoción, y gestionar el contrato en los centros diurnos
o nocturnos, incluidos el Salón Rosado de la Tropical y las casas de la
música de La Habana, Varadero y Santiago de Cuba, donde la
administración cobra las entradas y prioriza a las orquestas de mayor
audiencia, aunque no representen lo más genuino de la música cubana.

Como si fuera poco, se les exige la evaluación, la filiación a una
empresa de los ministerios de Cultura o Turismo, y el respeto a las
normas del cuerpo de inspectores, quienes decomisan instrumentos,
imponen multas o les cierran el contrato si detectan ventas de discos u
otras irregularidades, aunque a veces estimulan el soborno para
compensar su propio salario.

Las reglas de las empresas contribuyeron a desactivar a decenas de
conjuntos vocales e instrumentales, obligados a realizar 19 actividades
al mes cuando disminuía la demanda artística por falta de presupuesto y
cierre de liceos y salones. Tal desmesura ha sido criticada por
personalidades como Adalberto Álvarez, Juan Formell, Lourdes Torres y
Tony Pinelli, quien afirmó en una emisora de la capital: "Si las
empresas volaran por los aires no pagarían el daño que hacen a los
creadores".

Los músicos tienen que costear sus propios discos y competir con los
reguetoneros emergentes y figuras beneficiadas por la televisión y por
sellos discográficos estatales, lo cual les abre las puertas de agencias
que pagan mejor y comercializan en divisas sus espectáculos, inspirados
en ritmos y patrones extranjeros.

Mientras los músicos sobreviven pasando el sombrero, algunos autores con
acceso a los medios de difusión censuran "la imitación de lo foráneo" y
solicitan "promocionar a la música cubana sin desdeñar lo universal".
Rafael Lay, director de la orquesta Aragón, dijo al diario Juventud
Rebelde que le sorprendió saber que la charanga del siglo XX no es
"apropiada para actuar en las casas de la música", cuyos programadores
prefieren el reggaetón.

Un ex cantante de dicha agrupación advierte que el problema es peor en
las provincias: "Desde La Habana es imposible saber el talento que se
pierde en el interior, lo cual influye en los éxodos de grupos y
directores a la capital, convertida en puente hacia el extranjero".

Hay quienes piensan que pasar el sombrero es denigrante y que "estamos
paralizados en el tiempo", pues basta con viajar a México, Estados
Unidos o España para alternar con otras figuras y ver cómo funcionan los
mecanismos de promoción, menos burocráticos que en Cuba, donde voces
como Lourdes Torres o Leo Vera actúan en cabarets y carecen de discos.

Todo parece indicar que, "hoy como ayer", los soneros silenciados tienen
que esperar por algún descubridor que los localice en los bares y los
promocione en el exterior para ser reconocidos en la isla, como sucedió
con los envejecidos integrantes de Buena Vista Social Club.

http://www.cubanet.org/articulos/hoy-como-ayer/

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